CEBOLLAS
Al llegar Begoña se quedó descolocada. El olor le hacía sentir aún más en casa.
-¿Quién es? -Preguntó su hermana desde la cocina.
-Soy yo, no te asustes.-Dejó las llaves encima de la mesa.- No me acordaba de que ibas a cocinar. Huele muy bien.
-Para una vez que nos vemos, tenía que darte algo decente que comer. Pero no te acostumbres, que sólo cruzo el charco dos veces al año.
-Es una pena, porque cocinas mejor que mamá.
-No lo creo, es que se te ha olvidado cómo cocinaba ella. Tanto tiempo comiendo porquerías… se te ha embotado el paladar.
-Yo no como porquerías, sólo como por ahí.
-Bueno, lo mismo es. -Lucía bajó el fuego.- Se me están empezando a quemar las cebollas- Cogió una cuchara de madera y comenzó a moverlas. -¿Puedes acercarme los tomates? Ya están troceados.
Begoña le acercó el cuenco con los tomates y Lucía los echó a la sartén. Se escuchó el golpe del agua del tomate contra el aceite de la sartén.
-¿Sabes un truco para que no se quemen las cebollas? Cuando comiencen a dorarse, echarle otro ingrediente rico en agua.
-Oye,-replicó Begoña- yo se cocinar, no me trates como a una inútil.-Dijo en tono de reproche.-Ya estás como Marisa.
-¡Eh! Calma, que sólo era un truco de cocina. No lo he hecho con mala intención, ni tampoco con doble intención. Sólo era un comentario.-Lucía no había dejado de mover el sofrito mientras hablaba.
-Lo siento, es que Antonia me está metiendo mucha caña.
-Sólo se preocupa por ti.
-Ya pero…
-Pero ¿qué?, estás demasiado lejos de nosotras para que no nos preocupemos. Somos tus hermanas. Sabemos que eres adulta, y que te vales por ti misma, pero… ¿Puedes pasarme el pescado? Está envuelto en ese papel.
-Aquí lo tienes. No tenéis porqué preocuparos.
-Ya lo se, pero no podemos evitarlo. Vives lejos, sola, sin familia, y además últimamente te hemos notado triste y distante.
-Hablamos todos los días, nos escribimos correos electrónicos, os cuento mi vida al dedillo ¿Qué más queréis?
-Sólo que seas feliz.
-Eso es lo que intento, pero todo el mundo pasa por malos momentos.
-¿Qué te pasa?- Lucía iba colocando cuidadosamente los filetes de pescado en la sartén, les echaba sal, un poquito de vino blanco y una hoja de laurel.
-Me está costando encontrar trabajo, un trabajo real, no de estudiante. Pero es normal, todo el mundo pasa por eso.-Begoña paró un momento, y dijo- Huele estupendamente.
-Es normal, si. Pero ya conoces el defecto de nuestra familia.
-Dímelo a mi, que pensé que me echabas algo en cara.
-Bueno, pues nada, ya sólo queda tapar la sartén y esperar un poquito. El arroz blanco también está a punto.
-Se me está haciendo la boca agua.
-Ya has visto lo sencillo que es, quédate con la receta.
-¿Qué receta?
-Pues ésta. ¿Vamos poniendo la mesa?
-Vale, pero tenemos un invitado.
-¿Quién?
-Es una sorpresa.
Ponían la mesa mientras hablaban: mantel, platos, cubiertos, vasos, agua, vino y servilletas. Para tres.
-Si lo llego a saber cocino mi especialidad. Menos mal que siempre cocino para un regimiento. Tenemos comida de sobra.
-Si lo llegas a saber hubieras preguntado demasiado.
-¿Más?
-Sí, pesada.
Suena el timbre de la puerta.
-¿Abres tú o abro yo? -Pregunta Lucía.
-Anda, no seas guasona, abro yo. Tú espera en el salón.
-Yo no me como a nadie. Sólo me puede la curiosidad.
-Pues tu curiosidad se verá saciada en un segundo. -Dijo Begoña sonriendo.
Lucía, nerviosa, escucha cómo su hermana abre la puerta.
SI ME LLAMAN DI QUE ESTOY EN UNA REUNIÓN
-Marisa, hazme un favor, si me llaman di que estoy en una reunión y coge el mensaje.
-Vale.
-Vuelvo en media hora.
Bueno, y ahora a respirar hondo. ¿Lo llevo todo? Si, lo llevo todo.
-Hola. (Vaya, no me ha dado tiempo ni ha salir por la puerta).
-Hola. Tenemos que sentarnos un rato.
-Pero ahora no, cuando vuelva.
-Avísame entonces.
-Lo haré.
El jefe quiere hablar conmigo, ¿habré metido la pata? No, no recuerdo. Puede ser cualquier cosa, pero tengo que olvidarme de eso, por un rato. Inspirar, expirar, inspirar, expirar… A ver si me relajo. Nada, que no sale nada. Voy a cambiar de mano. La derecha ya me duele. ¿Dónde está la fotografía? Aquí está. Mira esos ojitos, y su sonrisa. ¡Qué dulce es! Todavía nada y se me pasa el tiempo. ¿Qué querrá mi jefe? Respira hondo. Inspirar, expirar, inspirar, expirar… Que no cunda el pánico. Vuelve a concentrarte en la foto, en los ojos, en la sonrisa, imagina sus pies desnuditos, moviéndose. Empieza a dolerme, lo voy a dejar. No puedo, tengo que seguir intentándolo. Ya, ya sale, y sale a chorros. ¡Bien! Ya pensaba que no podría. Sólo me ha dado tiempo a un pecho, a la hora de la comida lo intentaré con el otro. Voy a meter la leche en el frigorífico.
-Marisa, ¿has visto al jefe?
EL DESCANSO
El atardecer da para tomarse unas cañitas en una terraza. Marisa deja su bolso sobre la primera mesa que ve en la calle y se sienta dejándose caer. Está cansada y de mal humor.
-¡Cómo me duelen los pies! No lo soporto más. Es la última vez que me pongo tacones para hacer turismo. Ya me gustaría ser como tú, ya… que pones siempre la comodidad a tu servicio. ¿A que a ti no te duelen los pies?
Se acerca el camarero.
-Una Cocacola light y una tónica por favor.
El camarero toma nota y la mira de arriba abajo.
-¿Has visto cómo me ha mirado ese tonto? ¡Si se me estaba comiendo con los ojos!
-No me extraña, estás más buena que el pan.
-No me digas esas cosas que me pongo roja.
-¡Pues colorada estás más guapa!
-Tu si que sabes hacerme sonreír, ven aquí que te doy un beso.
Se besan sentadas en la terraza del bar.
LA PAELLA
-Me gustaría agradeceros a ti y a tus amigos todo lo que estáis haciendo por mí.
-No es necesario.
-Sí, de verdad, os estáis portando muy bien conmigo.
Ainara cogió la mano de su hermana y le sonrió.
-Podemos invitarles a comer. Yo pongo la casa y tú la cocina. ¿Hay trato?
-Vale.
Una se dedicó a convidar a los amigos, la otra a hacer la compra. A Ainara le llamó especial atención la sección de frutería del supermercado. Todos los colores del universo se daban cita en los estantes ordenados según las diversas variedades de frutas, verduras, hortalizas, legumbres, setas… colocados en orden, perfecta combinación de líneas paralelas y diagonales. Del rojo más intenso al verde hierba de los tomates, del verde escuálido de las lechugas iceberg al poderoso verde brillante de las lechugas romanas. Del blanco de las coliflores al morado de las lombardas. Había cosas que no había visto antes. Se trataba de una inmensa representación del mundo. Pimientos verdes, rojos, amarillos. Berzas, brevas, higos y sandías. Patata, batata, yuca y mandioca. Ginseng y garbanzos. Todo a la vez. Eligió una cebolla blanca, un pimiento verde, un pimiento rojo, guisantes de lata, y le costó encontrar las aceitunas, pero las consiguió. No pudo encontrar arroz bomba y compró arroz para hacer risotto. Compró también pollo, necesitaba algo de sustancia. En la caja del supermercado su tarjeta de crédito parecía no funcionar. La cajera lo intentó varias veces. Salió cargada del supermercado, le dolían las puntas de los dedos por el peso de las bolsas. Iba parando cada poco tiempo, para cambiarse las bolsas de mano, redistribuir el peso y dejar que la sangre circulara por sus manos con un cosquilleo. Al llegar al portal dejó las bolsas en el suelo, buscó la llave que le había dejado su hermana y se dispuso a abrir la puerta. Al ir a meter la llave en la cerradura la puerta se abrió sola y casi se muere del susto. Un vecino salía a la vez que ella entraba pero el corazón se le aceleró.
Cuando entró en casa, dejó las bolsas en la encimera de la cocina y comenzó a distribuir los productos de forma ordenada, las latas con las latas, los productos frescos con los frescos y analizó qué le faltaba. Fue abriendo los armarios de la cocina para buscar el aceite, los ajos, el azafrán (se le había olvidado comprarlo) y al abrir el último su nariz se inundó, encontró el especiero lleno de lugares exóticos: curry, mostaza, pimientas, comino, canela, vainilla; todo mezclado en una bofetada sensual. Al lado de las especias había una lata de pasta de tomate, pequeña y pesada, que cogió para darle color al guiso, porque tampoco había azafrán en la casa, ni colorante alimenticio.
Buscó un cuchillo cebollero y una tabla para picar los ingredientes, y tras cacharrear un poco encontró uno afilado pero pequeño, una tabla y un wok, que fue lo más parecido a una paella que encontró. Lo puso al fuego con un chorro de aceite. Empezó a llorar. Cuando terminó y pudo limpiarse los ojos, su hermana apareció bajo el dintel de la puerta.
-Van a venir cinco personas ¿Estás llorando?
-Sólo es la cebolla.
(EXTRACTO)
12 de …
La diosa Fortuna ha tirado sus dados y una simiente se alimenta de mis entrañas. Mis pechos me susurran al oído, muy bajito, insistente, que estoy embarazada. Ni aunque lo chillasen les haría caso. Ya no habrá más ciclos hasta que éste que acaba de comenzar concluya. Me lo dicen mis entrañas, los pechos hinchados. Llevo mucho, demasiado, tiempo inflada e hipersensible.
¿Qué voy a hacer ahora? Esta nueva situación me supera. Se desvanece el futuro.
Estoy tardando demasiado, debería haberme hecho ya a la prueba. La esperanza impide que me acerque a una farmacia. ¡Maldita esperanza que impide la acción!
Quiero que no sea verdad, que mi cuerpo me engañe. Esto es imposible, nunca me ha mentido.
Ni siquiera sé cómo pensarlo.
De mañana no puede pasar.
A los dioses ruego que mi cuerpo mienta. Si me decido a hacerlo, ¿cómo lo podría hacer? No lo sé, pero quiero poder seguir ignorante.
15 de …
Siempre soñé que sería mala madre.
17:30
Todos los días cojo el metro en Avenida de América. En la entrada y por los pasillos siempre hay un nutrido grupo personas vendiendo cosas. Algunos días aquello parece El Rastro, pero subterráneo. Otros días no hay tanto movimiento, pero no falta quien compra algún bolso, una camisola, un pijama o unos guantes.
Uno de esos días en los que llegaba tarde a clase, me crucé con el hombre más hermoso del mundo. Me impactó de tal manera que di un traspiés y casi caigo al suelo, a punto de pisar uno de los improvisados expositores. Por suerte recuperé el equilibrio y no pasó nada. Durante los días siguientes esperaba encontrármelo cada vez que pasaba por ese pasillo.
Hace un par de días, cuando salía del metro, lo volví a ver. Estaba vendiendo tabaco en la puerta de entrada. No fumo, pero me acerqué y le compré una cajetilla por el placer de escuchar su voz. Me puse tan nerviosa que pagué y me fui.
Ayer lo vi colándose en el metro. Los agentes de seguridad lo pillaron in fraganti y, por más que él intentaba explicarse y soltarse, no pudo. Los dos hombres de uniforme lo arrastraron hasta un cuarto y lo encerraron allí. Uno de ellos se quedó dentro. Yo estaba dispuesta a pagar su billete y la multa si hacía falta pero la taquillera del metro me ignoró completamente, zanjando el tema con un escueto “esto no es asunto tuyo”.
Por fin llegó Marisa, tarde como siempre.
-No le pasará nada -me dijo-, le tomarán los datos y le dejarán marchar. No es al primero que pillan colándose en el metro. De todas formas, no le conoces de nada. Anda que llegamos tarde.
Comenzó a caminar hacia la línea cuatro. No insistí.
Hoy compro el periódico y lo primero que encuentro es un horrendo titular: “Descubierto cadáver de joven inmigrante en un cubo de basura del barrio de Prosperidad”. Ocupa la mitad de la portada, junto a una fotografía de un hombre molido a palos. He leído con avidez el resto de la noticia y aún no puedo creerlo. Según el periódico, su muerte ha sido causada por los golpes recibidos en una paliza. Junto a la noticia hay un anuncio de la Asociación de Inmigrantes. Buscan a todas aquellas personas que puedan ayudar a resolver el caso. A las 17:00 llamaré. A las 17:00.