OLOR A ROSAS
1.- Plaza de Castilla:
Todas las líneas de Metro están saturadas. Parece el Metro de Tokio. Acercan el coche hasta Plaza de Castilla para coger allí el Metro. Hoy no es día de aventuras y han decidido abandonar el coche allí donde el metro fuera más directo a Atocha y estuviera más cerca de su casa: Plaza de Castilla. Dan varias vueltas por la zona hasta que encuentran un hueco en una calle perpendicular a Bravo Murillo, a mitad de camino de Plaza de Castilla y Valdeacedereas. Se deciden por la segunda, pues es una estación menos que han de pasar, así andan un poco, calentando para la manifestación. Ven multitud de coches con mensajes contra la guerra y muchas personas con pegatinas, pancartas, caras pintadas, que se dirigen al metro.
2.- Valdeacederas:
Entran en el metro y esperan en el andén repleto de gente que va a la manifestación, pegatinas, pancartas, caras pintadas… Todos van al mismo sitio. “Menos mal que es la segunda estación, no quiero no pensar cómo estará Cuatro Caminos” se dicen unos a los otros. Llega el tren y todo el mundo se acelera a cogerlo, acercándose a las puertas. La marabunta humana está dentro. Parece no caber ni un solo alfiler. Se abren las puertas. “No cabemos”. “Si cabéis” dice una voz procedente del vagón. Entran corriendo haciéndose un hueco entre los cuerpos que atestan el reducido espacio. Todos se rozan con todos y empieza a haber comentarios.
3.- Tetuán:
Llegan a la siguiente parada y se abren las puertas. Una multitud se queda mirando fuera, meditando si pueden entrar o no. Los más decididos entran empujando, consiguiendo desplazar cuerpos de lugar para hacerse un hueco. Han entrado seis o siete personas más, se acerca una mujer con un ramo de veinticuatro rosas rojas en la mano. Desde dentro del vagón se oye un grito: “no cabe nadie más, ¡el ramo se queda fuera!” pero finalmente el ramo entra con la mujer y comienza a mezclarse el olor de las rosas con el olor a sudor y a carne apelotonada.
4.- Estrecho:
El panorama es desolador: cientos de personas esperando en el andén. El ambiente es irrespirable de lo caliente y denso que se ha vuelto tras ser respirado múltiples veces por cientos de personas. Se abren las puertas. Intercambio de aire respirado a través de las puertas. Varias personas intentan entrar, desde dentro se empuja hacia fuera. Desde fuera s empuja hacia adentro, a ver quién puede más, cuánto más se pueden comprimir los cuerpos, como átomos en una botella de gas a presión. Finalmente consiguen entrar dos personas más. Se oyen gritos: “¡No puedo respirar!” Una persona sufre un mareo pero no puede salir, ya se han cerrado las puertas. “¡Qué putada!” dice una chica a su grupo de amigos, “he bajado la mano un momento y ahora no puedo subirla, ya no me puedo sujetar a la barra”. Riendo por no llorar, con ese sentido del humor que tenemos los españoles, que nos reímos de todo lo que acontece. Entre Bush y Bin Laden ¿Quién gana una partida de ajedrez? Bin Laden porque Bush ha perdido las dos torres… contábamos el mismo día del atentado a las Torres Gemelas. Crueles, lo que se dice crueles somos un rato. “Pues fíjate en mí”, le responde el novio de su amiga, “yo he levantado los dos brazos para agarrarme a la barra y ya no los puedo bajar… qué ¿cantamos el Chihuahua?” ironiza con su grupo de adolescentes camino de su primera manifestación. “Tá, ta-tarará, ¡chihuahua!” canturrea en voz baja imitando al anuncio de Coca-cola mientras sus amigos ríen y el resto del vagón sonríe. El tren se para “¿Qué pasa?” se preguntan los pasajeros. “No lo sé, pero han puesto el aire acondicionado”, dice una de las pasajeras más bajitas. “¡Menos mal! Ya me estaba achicharrando aquí abajo”. “¡Pues es verdad!, responde cómplice su compañera de centímetro cuadrado, pues están tan pegadas que podrían ser una. “Esto es una argucia del gobierno para que no haya quorum en la manifestación. Paran el metro e impiden que los cientos de miles de personas que viajamos en él, lleguemos. Ya me imagino los titulares de mañana: La manifestación ha sido secundada por muy pocos ciudadanos, apenas cinco o seis (mientras muestran las imágenes de las calles desiertas de Madrid). El metro de Madrid sufre un colapso en el día de máxima afluencia de pasajeros de toda su historia. Todas las líneas se pararon a las 18:00 horas por un fallo técnico aún por determinar”, “Sí, sí, seguro” se oye una voz afirmando. El tren se pone en marcha. Sigue oliendo a rosas rojas. El calor ambiente lo potencia y el aire acondicionado lo distribuye.
5.- Alvarado
La llegada a la siguiente estación deja entrever a cientos de personas esperando, con cara de perro, a través de las cabezas, y tras los cristales de las ventanas se adivina que otros trenes tampoco hicieron hueco. La persona mareada se abre paso entre la gente y consigue salir expulsada a presión por la puerta. La gente intenta entrar, bloquea las puertas, tiene que venir el guarda de seguridad a desalojar a los que “sobran” y cerrar las puertas manualmente. Hay jaleo, todos aducen su derecho a subir al tren. Finalmente han entrado tres personas más, lo que demuestra que donde caben cincuenta personas pegadas entran doscientas apelotonadas. “Por favor, ¡no podemos respirar!”. “¡Anda!, he conseguido bajar una mano. Ahora no hay quién se mueva”, dice el muchacho que canturreaba. “¿Es tu mano lo que me está tocando el culo?”, le pregunta su novia. “¡Pues claro!” responde él bajito, “no puedo moverla porque no hay sitio”, dice con cara de pillo y ella le mira con complicidad. “Atocha está colapsada, lo han dicho por megafonía”, dice uno de los señores que ha conseguido entrar en la última estación. “¿Dónde nos bajamos entonces?” “creo que es mejor que vayamos a Atocha RENFE”, se contestan unos a otros. “¿Qué te parece si nos bajamos en Antón Martín?, “Vale, y luego vamos andando”.
6.- Cuatro Caminos:
La mujer de las flores se baja, ramo en alto, movilizando a todo el vagón que recompone su posición. Otra vez las puertas se abren. Lo único que queda de las rosas es su olor, que durará sólo un momento más. Entra otro señor y todos se mueven de nuevo. Calor, mucho calor. “¡Solidaridad con los de dentro!” se oyen gritos. Dentro no se ha perdido el sentido del humor, pero fuera no deja de haber caras largas y movimientos nerviosos de cientos de personas esperando que llegue algún tren en un momento dado que les lleve a algún lugar determinado. Del nerviosismo se desprende indignación, de la indignación nerviosismo. Es un círculo vicioso. “Debería de haber más afluencia de trenes en un día así” piensan todos los afectados, tanto los que ya están dentro del tren como los que esperan y esperan a poder coger uno. A pesar del aire acondicionado hace mucho calor. El tren abarrotado para en mitad de dos estaciones. El calor es insoportable. La gente intenta cambiar de postura pues muchos tienen los brazos en alto dormidos.
7.- Ríos Rosas:
Las puertas se abren, no sale nadie pero varias personas intentan entrar a empujones, sujetándose a la barra para que no se cierren las puertas. Uno lo consigue haciendo que una señora quede sentada por el empujón sobre un chaval pintado de blanco con el símbolo de la paz en la cara. Ella hace un signo de resignación pidiendo disculpas y él las acepta con comprensión y una sonrisa en la cara.
8.- Iglesia:
Se repite la misma situación. Caras largas, agobios, nerviosismo, empujones. El tren ya ha tardado el doble de lo que suele hacerlo al recorrer las mismas estaciones. “Esto es el alcalde, que no quiere que lleguemos” dice alguien en voz alta. A pesar de todo no deja de haber un ambiente alegre.
9.- Bilbao:
Algunos grupos bajan. Intentarán ir andando o coger la línea 4 de metro, pero todos los trenes están igual. Este movimiento impone un cambio de lugar. Por fin la señora ha conseguido levantarse del regazo del chaval. Rápido se vuelve a rellenar el espacio del vagón por las personas que han encontrado una oportunidad de montar en un tren. Los grupos de amigos se mueven en la misma dirección pero no pueden evitar romperse por los cuerpos de los extraños. Calor, calor, calor y risas. Alguien ha contado un chiste en voz alta.
10.- Tribunal:
Todo el vagón se mueve al unísono cuando el coche frena, adelante y atrás, miradas de disculpas, sonrisas. Nadie sale y todos quieren entrar, pero nadie lo consigue. De nuevo el grito: “¡Solidaridad con los de dentro!”. Los madrileños somos un poco vagos, no podemos ir andando tres o cuatro paradas de metro. Tres veinteañeras jovencitas hablan de sus cosas. Visten informal tirando a hippy, pero en sus orejas les delatan los pendientes de perlita. “Estuve en Mango el otro día y casi me compro una falda ¡más mona! con un volantito en el bajo todo alrededor pero… como ya tengo la falda china de pana… Sé que no es lo mismo pero claro”. “Sí, la falda es preciosa, como aquellos pantalones de cuadros”, “pues anda, que el vestido azul que me probé” dice la tercera.
11.- Gran Vía:
El tren se para, las puertas se abren y algunas personas vacían el vagón. Han decidido darse un paseo. Ahora se han quedado momentáneamente asientos libres. Hay miradas que se cruzan cuestionando quién va a sentarse. Los más decididos lo hacen. Comienza a respirarse un ambiente de mayor excitación. El momento se acerca. El vagón se llena de nuevo.
12.- Sol:
Nuevo cambio de caras, unos salen, otros entran, pero ya se puede respirar. Son cada vez más los que deciden que ya están lo suficientemente cerca como para llegar andando.
13.- Tirso de Molina:
“¿Dónde nos bajamos?”, “En Tirso de Molina”.
14.- Antón Martín:
“¿Dónde nos bajamos?”, “En Antón Martín”. Ya parece un vagón de siempre a una hora normal.
15.- Atocha:
Todos excepto 3 bajan, pero un hombre advierte en el andén: “Hay retenciones de más de 15 minutos para salir de la estación, es mejor ir hasta Atocha RENFE”. Unos se quedan y otros dan media vuelta y suben de nuevo al vagón.
16.- Atocha RENFE:
Casi todas las personas que hay en el vagón salen de él. Los pasillos del metro son un hervidero de personas saliendo. Una vez en la calle se unen a la avalancha humana que grita ¡No a la guerra!, ¡No más sangre por petróleo!, ¡Si quieres petróleo recoge chapapote! Tardarán más de 4 horas en llegar a la Puerta del Sol.
PERDIDA
Volviendo a casa me he perdido en este Madrid de caminos provisionales. He llegado al fin del mundo: sillas solitarias bajo sombrillas esperan la vuelta de las mujeres ocupadas por esos hombres, que les compran la vida.
MIRAS
Miras el mundo por encima de mí, huyendo en posición vertical de los demonios que te causan dolor. Exorcizando los gases paseo arriba y abajo por el pasillo contigo, mi fardito, al hombro.
En las noches de pesadillas sueño con la imagen de mi padre; tiene un cuchillo clavado en el corazón a través de la chaqueta. Me mira. Me despierto entre sudores. Él desapareció hace 17 años tras una visita del ejército. Yo era casi un bebé pero recuerdo las súplicas. Su retrato preside la casa.
Ha bajado corriendo del coche. Buscar aparcamiento le ha causado gran angustia. “Tarde, tarde, llego tarde” tamborilea su pensamiento. La urgencia se ve en su cara. Corre alzada en los tacones, con prisa pero con cuidado de no torcerse un tobillo o romper un zapato. Entra en la guardería y se dirige directa a la clase de segundo año. No están allí. Va entonces al patio. Apenas quedan tres niños. La niña ve a su madre y se dirige a coger su mochila. Ella va a su encuentro y le da un beso. La niña no reacciona. La madre pregunta a la profesora si su hija se está integrando, si comienza a hablar, si juega con otros niños, si, si, si… La niña con la mochila en la espalda enfila hacia la salida sin esperar. Disciplinada y seria no se ve una migaja de alegría en su cara. Tardará tiempo en acostumbrarse al cariño.
El día de mi encuentro con Jacinta, yo estaba haciendo palomitas de maíz en el colegio. Cogíamos una sartén, la embadurnábamos de mantequilla y poníamos dentro granos de maíz. Entonces envolvíamos la sartén en papel de plata y la poníamos al sol. Luego sólo quedaba esperar: conseguíamos algún resultado cuando el día era realmente caluroso y soleado y cuando aquello sucedía… merecía la pena.
Como venía diciendo, estaba haciendo palomitas de maíz y Jacinta me miró. Vino directa mí, y cuando llegó a mi altura se abalanzó a la sartén. Yo no la había terminado de depositar en el suelo, en medio del patio del colegio, para que ninguna sombra pudiera caer y arruinar las palomitas. No sé decir de dónde salió Jacinta, pero, de repente, me encontré protegiendo la sartén de sus arremetidas. Comprendo que tuviera hambre, y que los niños de tercer curso llevaban varios días sin darle de comer, pero no podía consentir que una gallina arruinara mi trabajo de física.
Se sentaron alrededor de la mesa. No estaban solas, éramos diez personas compartiendo tabla, viandas y conversación, pero ellas eran el alma de la comida: María: 78, Pepita: 79 y Manolita: 72 años.
María y Pepita son amigas desde el año 52, cuando bajaron con sus maridos y sus hijos primerizos del barco que las dejó, como ellas mismas confesaron aquella tarde, en los mejores años de su vida. Recién casadas y recién madres, jóvenes y animosas, dispuestas a seguir a sus maridos hasta el fin del mundo. Bueno, en el caso de María volvía a casa, el lugar donde nació y fue criada.
Su padre, ingeniero de canales y puertos, había construido la infraestructura principal de carreteras de la colonia, y su madre siempre acompañó al marido: un día, con sus dos hijas mayores aún pequeñas, tuvo que enfrentarse a un tigre que acosaba la improvisada choza donde pasaban la noche. Armada de mucho valor y pocos medios consiguió que no se colara. María aún se acuerda vivamente de aquella noche en la que su madre les salvó la vida a ella y a su hermana. Después de eso vinieron otros 15 años de parir hijos y acompañar al marido. El hijo mayor de María tiene la misma edad que su hermana pequeña.
Ella tiene grandes recuerdos de sus días en la selva. Entre las idas y las venidas a España, a Córdoba, transcurrieron sus días, hasta que el gobierno de Macías obligó a los españoles a volver definitivamente. Y después Madrid, a continuar su vida y la de sus 10 hijos.
Manolita es la empleada de Pepita desde su más tierna adolescencia. Se vino y se fue con ella tantas veces que su única casa es Pepita. Aún ahora, jubilada, siguen viviendo en la misma casa y continúa llamándola señora Pepita.
Las tres han criado a una extensa prole de niños, ahora todos adultos y a su vez padres y madres de nuevas generaciones que les han hecho abuelas. Gozan de una excelente mala salud de hierro, y parecen felices. Hablan de su vida en Guinea, cuando los españoles eran los amos y las españolas eran las señoras. María cuenta parte de su vida cotidiana:
-Cambiábamos mucho de personal de servicio, no había manera de conservarlo. Todos los boys, así les llamábamos, tenían problemas para entender qué les pedíamos. ¿Os acordáis de aquella vez que me encontré al boy, de puntillas, en el medio de la habitación que estaba fregando, parado, sin moverse? Cuando le pregunté qué le había pasado me dijo que se estorbaba a sí mismo fregando el suelo. En vez de fregar desde el fondo de la habitación hasta la puerta, había fregado en círculo desde las paredes hasta el centro, y se había encerrado a sí mismo. No volvió a fregar un suelo… Todos los días teníamos problemas así.
-No había forma de conseguir patatas.- Recuerda Pepita- Acordaos de que era más barato comer marisco que comprar patatas.
-Es cierto, señora Pepita.
Continuaron las tres hablando, y los demás escuchando cómo desgranaban su juventud. Así transcurrieron las horas de sobremesas entre historias de la antigua España colonial y unos dulces.
Sólo hay una cosa cierta acerca de las segundas oportunidades: nunca sabes si llegarás a tener una. Y, para entonces, puede que sea demasiado tarde. Yo me casé muy joven. Estaba profundamente enamorada, y, por qué negarlo, me hacía mucha ilusión el día de mi boda, ser la protagonista. Cosas que con el tiempo se han demostrado vanas. Fui más protagonista cuando me divorcié. La boda terminaron organizándomela entre mi madre y mi suegra. Y cuando se terminó el decir que sí a todo, el divorcio. Lo organicé yo contra ambas. No dejaron de asediarme.
-Eso no se hace, una mujer debe aguantar- me decían las dos.
-No te divorcies, qué pensará la gente.-Me decía mi madre.- Ni se te ocurra pensar en eso. No hagas caso de sus tonterías, y ya está. Ese es el truco de los matrimonios largos.
Por más que se lo explicaba nunca le entró en la cabeza, ella erre que erre. Puso más resistencia que Ramón, mi ex. ¡Qué cobarde! Cada vez que me acuerdo lo que me costó dar el paso; decirle: “Tenemos que hablar”. Y él se hizo la víctima al principio.
-Podemos volver a intentarlo.- Me dijo.- Dame otra oportunidad.
Luego me enteré de que el muy cabrón tenía otra: más joven, más alta, más todo, y sobre todo con más padre. Vamos, que dio un braguetazo. Me sentí tan tonta. Y mi familia presionándome:
-Tenías que haberle dado otra oportunidad. Las esposas permanecen, las amantes desaparecen.-Insistía mi madre.
-No era una amante, mamá. Es la hija de su jefe.
En su momento fui la vergüenza de la familia. Con el tiempo todo se ha normalizado, la vergüenza soportada mucho tiempo ya no se siente tan fuerte. Ayuda que la Puri se haya divorciado también. Ya no soy la única. Ahora se conforman con que no sea lesbiana. Yo les digo que me iría mejor en la vida si fuera lesbiana, un poco lo digo para molestarles, y otro poco porque creo que es verdad. Pero a mi me gustan los hombres. Son mi perdición. Mis padres aparentemente hacen oídos sordos a los comentarios que se escuchan por el barrio acerca de mis “novios”. Aunque sé que no es así, que les continúa doliendo que no me acople al modelo tradicional y mantienen la esperanza de que vuelva a casarme. Mi madre cree que es por su culpa, que no me educó como Dios manda. Yo siempre se lo digo:
-Madre, me enseñaste perfectamente. Sé lavar, sé planchar, sé coser, sé bordar. Lo que no funciona es el modelo. Estos tiempos no son los tuyos. Las cosas cambian.
-Qué tonterías estás diciendo.-Contesta ella invariablemente- Qué cambio ni qué niño muerto. Una mujer siempre será una mujer, ayer, hoy y mañana. Y sobre todo debe ser decente.
-Mientras dice estas palabras siempre va subiendo el tono de voz, y se va poniendo más nerviosa.- ¡Qué te he hecho yo, Dios, para haber parido a esta pelandusca!- Clama al cielo, siempre. Aquí es cuando yo exploto. Cuando mi padre está presente todavía aprieto la mandíbula fuerte y me muerdo la lengua, algún día voy a envenenarme. Pero cuando estamos las dos solas no me enveneno y suelto por mi boquita los motivos.
-¡Decencia! ¡Qué es esa decencia que te obliga a ir por la vida con unos cuernos más grandes que las puertas! Madre, todo el mundo lo sabía.
-Pues te hubieras aguantado, como hemos hecho todas. ¿Acaso vivías mal? ¿No te daba lo que necesitabas?
-No, no y no, madre. Precisamente, sólo me daba disgustos y desprecios.
-Una mujer debe aguantarlo todo de su marido.
-¿Por qué? ¿Acaso no somos nadie sin marido? Eso no es cierto.
En este punto de la conversación, siempre igual, con pequeñas variaciones, ya estamos las dos gritando, y alguna de las dos sale de la habitación dando un portazo. Me resulta increíble que después de tanto tiempo sigamos teniendo la misma conversación.
Un día me cansé y huí lejos de mi familia. Rehice mi vida en Barcelona. Siempre quise vivir cerca del mar. Encontré un trabajo, una casa, algunos amigos. Me fue bien durante un par de años. Estaba bien, lejos. Hablaba con mi familia de vez en cuando por teléfono.
-Hola mamá. Feliz cumpleaños.
-Gracias hija. ¿Cuándo vuelves?
-Pronto.
Cuando parecía que había tomado las riendas de mi vida, mi hermano murió en un accidente de tráfico. Fue una gran tragedia. Fue un niño muy deseado. Niño tardío y único varón. El destinado a perpetuar el apellido. La alegría de la familia y un apoyo incondicional. El accidente sucedió cuando volvía de un fin de semana en mi casa. Mi madre no lo pudo soportar y le dio un telele. Menudo susto nos dio. Fue duro pasar el duelo por mi hermano. A veces me siento culpable. Si no hubiera venido a verme ese fin de semana… si yo no hubiera insistido.
He vuelto para cuidarles, ninguno está ya para apañarse realmente solos. Pero ni por asomo volveré a vivir con ellos. Soportar sus recriminaciones todo el día, no, es superior a mis fuerzas.
-Si estuvieras casada tendríamos nietos.-Me dice mi madre.
-No me hace falta estar casada para darte nietos.-Le respondo yo.
-No me digas esas cosas, hija. Tener hijos fuera del matrimonio es de pelanduscas. Si por lo menos mi hijo estuviera vivo, nos daría nietos.
-Madre, no. Basta con Paco, ya ni nietos ni nada.
Y después nos ponemos a llorar las dos. Por Paco y por nosotras.
Dentro de lo malo no estoy mal. Follo de vez en cuando con alguno de esos “novios”, pero ya no me implico. El amor, lo he descartado, porque es una mierda. Poco he sufrido y sufro yo por amor. Porque a mis padres les quiero, bendita sea mi madre, a la que adoro, pero de ellos no me puedo divorciar. Además tiene esa maldita manía de volver a la pelandusca, y duele, vaya que si duele. Últimamente parece que se ha tranquilizado un poco, desde el divorcio de la Puri.
EL VIAJE[1]
Analia se despidió con besos, abrazos y la promesa de volver pronto. Se puso en la fila para entrar a la zona de embarque; mientras avanzaba fue quitándose el cinturón. Lo puso en una bandeja junto al bolso del que sacó la cámara y el teléfono móvil. Tras pasar por el arco, cogió sus cosas y se apartó al mejor sitio que pudo para ordenarlas de nuevo. Miró los carteles para encontrar en qué dirección debía de ir: al subsuelo a coger un tren. Al llegar a la estación de destino desembocó la larga cola del control de emigración. Cuando le llegó su turno, el policía nacional que estaba en la garita le pidió la documentación. Analia le dio el carné de identidad y el policía le dijo:
-Analia, no puedes viajar.
-¿Por qué?- Dijo ella.
-Tu DNI está caducado-respondió- desde hace un año y medio. ¿Cómo es posible?- Preguntó.
-No puede ser.-Se sorprendió y cogió de nuevo su carné mirándolo con estupefacción. Efectivamente estaba caducado. Lo guardó en su cartera.- ¿Qué puedo hacer?- dijo mirando los ojos al policía con cara de profundo abatimiento.
-Nada, -dijo él fríamente- hoy es fiesta en Madrid y las comisarías no tramitan los carnés.
-Pero, ¿y la comisaría del aeropuerto?, ¿no puedo ir allí?-respondió.
-Sólo tramitan el pasaporte si el carné está en vigor o con el justificante de renovación.
Con el paso de la conversación el aire iba pesando cada vez más alrededor de Analia, se sentía más torpe y triste.
-¿Por dónde puedo salir?-preguntó con un hilo de voz.
-Pregúntale a aquél chaqueta verde- le indicó el policía.
Ella cogió de nuevo su maleta. Le parecía que ahora tiraba de ella hacia el suelo. Perdía el vuelo y no podría salir. Cada paso le costaba más que el anterior. Empezó a dolerle el estómago de los nervios. Llamó a su hermana:
-No me esperes, no puedo volar.-Dijo triste.
-¿Qué ha pasado?
-Tengo el DNI caducado, y es fiesta en Madrid.- Contestó con un nudo en la garganta.
-¿Y la comisaría de Coslada? Sólo es fiesta en Madrid capital –Dijo su hermana.
Estas palabras hicieron que Analia se iluminara por dentro. Sonrió.-Voy a intentarlo, te llamo cuando sepa algo.-Dijo, y colgó el teléfono.
Preguntó al chaqueta verde cómo salir. Por el camino llamó a Juan y le dijo que volviera a recogerla, que no volaba, pero que podía ir a renovar el DNI a la Comisaría de Coslada. Quedaron en el mostrador de atención al cliente de British Airways. Ella llegó mucho antes y le expuso su problema al azafato:
-Hola, no puedo volar porque tengo el DNI caducado. ¿Es posible cambiar el vuelo?-Dijo tímida, casi indefensa, en un intento de aferrarse a algo.
-¿Ya ha facturado?-Le respondió él.
-Si, aquí tiene la tarjeta de embarque.-Y se la tendió.
-¿Ha facturado alguna maleta?
-No, sólo llevo equipaje de mano. Me han parado en el control de extranjería y no me han dejado volar. Tengo que ir a Aberdeen. ¿Se puede hacer algo?
-Tenemos que cobrarle un suplemento, pero se puede cambiar el billete. Déjeme ver si hay algún otro vuelo.-Dijo él.-Puedo ponerle en lista de espera para un vuelo ésta tarde, pero es mejor que vuelva cuando tenga la renovación del DNI. No se si con eso será suficiente para volar a Gran Bretaña. Tal y como están las cosas será mejor que se saque también el pasaporte.
-¡Muchas gracias!, volveré cuando haya hecho las gestiones.-Dijo Analia esperanzada y se volvió para buscar a Juan. Él estaba haciendo de la dificultad juego y conseguía que la niña pasara un día estupendo subiendo y bajando del coche para buscar a mamá.
-¿Qué te han dicho?-Preguntó él.
-Tengo posibilidades de volar hoy. Llévame a la comisaría de Coslada. Allí podré hacer la renovación del DNI y después sacarme el pasaporte.-Respondió atropelladamente.
Los tres fueron al parking, la niña montada en la maleta, disfrutando del juego. Analia fue dando instrucciones precisas a Juan, mientras retornaba al barrio de su infancia. Ella comenzó a mascar chicle.
-¿Tienes que hacer ruido al masticar?-Preguntó él con tono molesto.
-No puedo evitarlo, estoy nerviosa. -Respondió ella.
-Siempre haces lo mismo.-Increpó él.
-¿El qué?-Preguntó ella en tono distraído.
-Qué va a ser: dejar las cosas para el último momento. Hemos tenido que dejar la comida de la niña a medias para venir a buscarte. ¿Qué te costaba haber renovado antes el DNI?
-No me di cuenta, lo siento. Por favor, no discutamos ahora, estamos los dos nerviosos.
La niña se puso a llorar.
-Tiene hambre.-Dijo él.-Dale una galleta. Están en el hueco de tu puerta.
Analia se giró para buscar las galletas. Volvió a girarse en sentido contrario y le ofreció una a la niña, que la cogió con cara de satisfacción. Cuando volvió a su posición dijo en tono conciliador:
-¿Siempre tienes que hacer lo mismo?
-¿El qué? –respondió él.
-Ser tan previsor.-Dijo ella sonriendo.
Cuando llegaron, la comisaría no estaba allí.
-Perdone, -preguntaron a un viandante- ¿dónde está la comisaría?
-La han trasladado más abajo. Continúe por esta calle. Está detrás de los juzgados.
-Gracias.
Analia bajó del coche antes de que Juan buscara aparcamiento. Ella se colocó en la cola, y a los cinco minutos llamó Juan.
-¿Has encontrado aparcamiento?
-No.
-Puedes aparcar en el centro comercial, y allí buscar un bar donde dar de comer a la peque.
-Vale. Allí te espero.
Un policía salió dando números a todas las personas que estaban esperando.
-¿Qué documentación necesito para renovar el DNI? – Preguntó ella.
-Dos fotografías y el DNI antiguo.
-Gracias. -Cogió el número. Tenía el 27.
El policía continuó y al terminar, preguntó en voz alta:
-¿Alguno de ustedes ha venido a hacerse el pasaporte? Es mejor que vuelvan mañana, ya no nos quedan pasaportes.
Dos personas se fueron. Analia se acordó de que había que pagar algo por la renovación, pero no llevaba euros, sólo libras.
-¿Alguien sabe dónde hay un cajero?
-Al final de esa calle. -Contestó la señora que estaba delante de ella en la cola.- No está lejos.
Salió corriendo. Llegó extenuada; no estaba tan cerca. Sacó el dinero y volvió sobre sus pasos. Llegó echando el bofe y retornó a su sitio. La señora que estaba detrás de ella en la cola de dijo:
-No hace falta que vayas tan acelerada.
-Si supiera la mañana que llevo… vengo del aeropuerto porque no me han dejado volar- Respondió y le contó toda su peripecia mañanera.
-Los siguientes cinco números pueden pasar.-Dijo uno de los policías.
Ya le tocaba: dar las fotografías, pagar, echar una firma, estampar la huella dactilar y recibir un recibo. Al salir Analia llamó a Juan:
-¿Cómo vais? Yo ya he terminado.
-Bien, esperando. No llevo dinero, ¿pagas tú?
-Claro cabecita loca. Voy para allá. ¿Dónde estáis?
-En las mesas del bar enfrente del cine- Contestó enfadado.
Cuando ella llegó Juan tenía la cara larga. Fue directa a pagar la cuenta.
-Ya está pagado,-le dijo- en marcha. ¿Qué tal ha comido la niña?
-Bien, un sándwich mixto. Has tardado mucho. El coche está en el garaje- Dijo secamente.
-¿Te has enfadado?, sólo era una broma.
-Es que parece mentira que seas tu la que me digas eso.
Juan condujo más rápido de lo debido y a las dos menos ocho minutos la estaba dejando a la altura de la entrada de la comisaría del aeropuerto. Ella bajó del coche. No había nadie esperando y pudo pasar inmediatamente. En pocos minutos tenía hecho el pasaporte de urgencia.
Después de aparcar, Juan y la niña se unieron a Analia en el mostrador de atención al cliente de British Airways. Habían pasado sólo dos horas desde que salieran de allí por primera vez y los azafatos se sorprendieron al verles llegar.
-Ya tengo el pasaporte.-Dijo Analia.- ¿Hay algún vuelo para Aberdeen?
-Déjame ver. –Dijo el azafato que la había atendido por primera vez. Buscó en el ordenador, mientras hacía aspavientos. Parecía que repetía, “no, no, no”, descartando posibilidades. En un momento dado se paró y llamó por teléfono. -¿Es posible incluir un pasajero en el vuelo BA1234?, vale.-Dijo.
Juan y Analia estaban expectantes, pero intentando que la niña no se pusiera nerviosa.
-Es posible coger un vuelo, sale ahora mismo. -Y le dio las tarjetas de embarque recién impresas- Ve al mostrador de facturación y después corre.
Analia le plantó dos besazos de agradecimiento. Fue al mostrador y enseñó la documentación. Estaba tan contenta…
-Dale un beso a tu hermana de nuestra parte cuando la veas- le dijo Juan entre triste y aliviado.
-Lo haré. Os quiero. -Se despidió de ellos con besos y fue corriendo a las puertas de embarque. Pasillo automático tras pasillo automático voló arrastrando la maleta, hasta llegar exhausta al final del aeropuerto.
-No hace falta que corras más. –Le dijo una azafata. –Hay un autobús esperando.
Al subir, Analia llamó a su hermana:
-¡Lo conseguí! Espérame en el aeropuerto en 5 horas.
Aún montaron dos pasajeros más antes de ponerse en marcha hacia el avión. Cuando por fin se sentó en el asiento, se quedó dormida.
[1] La primera versión de este cuento apareció publicada en la antología El desván de las luciérnagas, V.V.A.A., Editorial Grupo Buho, 2007.